Es amor. Un coleccionista revisa sus objetos con una devoción tranquila. Toma las piezas de su colección con una sonrisilla plácida e irreal que, automáticamente, a los profanos nos hace pensar en cierto grado de locura. La única expresión parecida que logramos recordar remite a las ilustraciones de los libros de texto de la infancia, sobre todo a los de catequesis. Ahí, los personajes realizaban cualquier tarea con una mueca feliz. Al igual que estos, da la impresión de que los coleccionistas pertenecen a un mundo infantil, encerrado en sí mismo.

Un Click de Playmobil, por ejemplo, es para la mayoría un muñeco, sin más. No obstante, un coleccionista percibe un espectro cromático más amplio, ve la calidad de las articulaciones, la gama de los complementos, el olor del material; sabe de memoria el número de serie de cada caja, las mínimas variaciones del logotipo. Y, sobre todo, percibe la historia de su búsqueda, la adrenalina de la caza.

El filósofo y sociólogo Jean Baudrillard calificó el coleccionismo como un candidato a convertirse en mitología que podía ocupar el vacío de la religión, ya que sirve para aplicar un bálsamo frente a la «angustia del tiempo y de la muerte».

La psicóloga Isabel Pinillos escribió una tesis en la que analizó los distintos perfiles psicológicos de los coleccionistas a través de una serie de casos concretos. La raíz de la afición se hunde en varias causas: «Hay factores ambientales y culturales que pueden despertar el interés, en muchas ocasiones en la familia ya ha habido casos de aficionados, pero gran parte de las motivaciones de la conducta son psicológicas», explica a Yorokobu.

Hay muchas modalidades de coleccionismo. Las más extremas y distinguibles son, por un lado, la de acaparar un solo tipo de objeto, con mucho estudio y dedicación, y por otro la de picotear de temática en temática, sin demasiado orden.

En general, «todas se orientan a favorecer el desarrollo y el conocimiento personal, les lleva a aprender muchas cosas, a relacionarse con los demás». «Son personas», desarrolla Pinillos, «que otorgan valor a la estética, a la curiosidad, también atribuyen un valor simbólico a los objetos, les suponen un sistema de valores que, a modo de espejo, revierte en el propio sujeto».

La colección es una prolongación de ellos mismos, un ejemplo de lo que desean ser que, al proyectarse en objetos, se convierte en algo tangible, cierto, innegable

La colección es una prolongación de ellos mismos, un ejemplo de lo que desean ser que, al proyectarse en objetos, se convierte en algo tangible, cierto, innegable. En El coleccionista y su tesoro: la colección, Pinillos cita a Freud: «El poder asignado al tesoro por parte del poseedor le hace creer que lo tiene él mismo».

El coleccionista saca su mundo íntimo al exterior para tenerlo a mano y controlarlo. «La relación que el coleccionista guarda con sus piezas es emocional; puede ser una forma de defensa ante ciertas necesidades insatisfechas. Todos necesitamos autoestima y seguridad, y estas se construyen con las relaciones de apego en la infancia. El coleccionismo puede ser una forma de obtener lo que no se ha disfrutado antes: en la relación con los objetos todo es perfecto, no hay conflictos».

Pinillos encontró un mayor nivel de fallas afectivas en quienes coleccionaban muchas cosas de distintos temas: «Daban mucho valor a ser tratados con comprensión y a recibir el apoyo de los demás, también demostraron más negatividad que otros, eran personas menos realizadas».

El coleccionismo puede ser una forma de obtener lo que no se ha disfrutado antes: en la relación con los objetos todo es perfecto, no hay conflictos

Por esta vía, algunos investigadores han indagado en el coleccionismo desadaptativo, es decir, cuando la conducta se convierte en un problema. Francisca López, experta en adicciones de la Universidad de Granada, ha estudiado esta faceta. Asegura que uno de los síntomas del trastorno obsesivo compulsivo es, justamente, coleccionar.

Cuando un coleccionista actúa a consecuencia de una desviación en la personalidad, «adquiere el producto para reducir altos niveles de ansiedad, para de desaparezca una emoción negativa, pero cuando lo lleva a casa no le reconforta», indica López a Yorokobu.

López habla de que, en estos casos, «probablemente haya un componente genético importante y un déficit en la parte frontal del cerebro: en la compra o el orden excesivos el rasgo común es la compulsividad».

En la película Adaptatión, inspirada en el libro de no ficción El ladrón de orquídeas, de Susan Orlean, John Laroche, un sucio y mellado cazador de flores, explica a la periodista sus antecedentes como coleccionista:

—¿Y cuántas tortugas llegaste a coleccionar?

—Mmm… perdí el interés poco después.

—Dejé las tortugas por los fósiles de la era glaciar. ¡Coleccioné la hostia! Los fósiles eran lo único que me importaba en este puto mundo… Y dejé los fósiles por los espejos antiguos (…)

— No entiendo cómo se puede dejar una cosa en la que uno ha volcado tanta pasión. En fin, ¿nunca has echado en falta las tortugas… la única razón de vivir que tenías a tus diez años?

—Te voy a contar algo. Una vez me volví loco de remate por los peces tropicales. Tenía 60 peceras en mi casa, buceaba para encontrar los mejores… Un buen día dije ¡al carajo, renuncio a los peces!, y juro que jamás volveré a meterme en el mar. Ya ves que paso un huevo de los peces.

— ¿Pero por qué?

—Se acabaron los peces.

John Laroche mezclaba la compulsividad de la adquisición y la obsesión por el estudio y el conocimiento. En los coleccionistas hay aspectos comunes según Isabel Pinillos: «Les encanta la exploración, gustan de la libertad y la independencia». Se combina el poder de evocación de los objetos con una gran fuerza adictiva. Coleccionar engancha. «Les aporta placer, emociones gratificantes; cuando uno encuentra un objeto que llevaba tiempo persiguiendo —y además está en competencia con otros buscadores—, disfruta de un chute de autoestima impresionante», señala.

A la vez, supone una lucha contra el paso del tiempo. La vocación por crear un universo propio y autosuficiente que pueda controlarse al centímetro nace, según Pinillos, de un mayor miedo a la muerte. «La colección ayuda a exorcizar el paso del tiempo, en ese universo pueden revertirlo, por ejemplo, al buscar piezas más antiguas; vuelven atrás de una manera simbólica».

Un apasionado de la filatelia puede pasar horas indagando en un sello, con la lupa en la nariz, milímetro a milímetro. En ese instante sólo existen los grabados, las pinturas, el gramaje del papel. Enfoca una atención plena, los cinco sentidos. La vida es una estampita y la tiene en su mano, a buen recaudo.